Escrito por Ainhoa Escarti.
LUX no es un disco amable; es un experimento, una especie de espejo que refleja muchas caras desde diferentes sonidos. Ecléctico y extraño, nos encontramos ante el histrionismo de una Rosalía que no ha realizado un disco, sino un viaje por diferentes puertas dimensionales que recogen un subtexto de dolor y destrucción redentora. Rosalía no canta para acompañar cafés ni para sonar de fondo: su música exige presencia, pensamiento y cuerpo. Así dialoga con la literatura a través de obras que quisieron narrar lo mismo. Escuchar las canciones es recordar lo que otros autores nos quisieron decir. Cada tema es un territorio donde se exploran el deseo, la culpa, la caída y la resistencia.
LUX mantiene
una conversación abierta con siglos de literatura y con la sensibilidad del
presente. Te invito a escucharlo.
1. Sexo, violencia y llantas
Esta apertura es un choque de cuerpos y emociones: deseo, transgresión y violencia implícita. El deseo se empareja con la deidad, situándose al mismo nivel; la duda entre amar lo terrenal y lo divino sitúa a la voz de Rosalía en esa dicotomía donde las fuerzas básicas, de las que ya hablara el propio Freud, siguen teniendo protagonismo.
Ovidio, en Las
metamorfosis, muestra cómo las fuerzas externas y los caprichos divinos
transforman cuerpos y destinos; la canción refleja esa sensación de cambio
inevitable y radical. Los dioses se vuelven terrenales con sus bajas pasiones,
creando así un diálogo entre las dudas que se representan en la canción, porque
la deidad también puede ser terrenal cuando sus pasiones dominan.
Con los Diarios
de Anaïs Nin nos centramos en el Eros, la pasión desde la perspectiva del
"yo". El deseo se narra desde la voz íntima y protagonista; así, no
se revela ni se narra desde la perspectiva del que lo ve, sino desde quien lo
siente. La sexualidad femenina se hace real, sucia, dependiente de un cuerpo
que siente y sobrevive al ser arrastrado por un deseo que puede ser
destructivo.
2. Reliquia
Una reliquia se convierte aquí en algo que se conserva aunque duela. En el bagaje de la canción, donde hace un recorrido emocional, podemos ver los distintos lugares donde la herida, que se convierte en reliquia, se acabó formando.
Si hay una
escritora que ha recorrido una historia una y otra vez, es sin duda Marguerite
Duras. En El amante, recorre los lugares y personas que conoce tanto que
los tiene aprendidos de memoria. Lo hace como el lobo del zoológico que pasa
constantemente por el mismo camino trazado una y otra vez por sus patas
cansadas. El amor, ese que se clava y se vuelve reliquia, recorre el universo
de Duras y queda en el aire para que no se pueda olvidar.
En los Poemas
de amor de Idea Vilariño, el amor es una cinta de Moebius; vuelve a ello
una y otra vez con la toxicidad del hámster que no sale de su rueda, aunque
sabe que está en ella. Su obra maneja los mapas del amor y el desamor desde el
recuerdo fijo del que, por mucho que quieras desprenderte, permanece.
3. Divinize
La canción explora el deseo y la fascinación por lo inalcanzable. La deshumanización del cuerpo, la autoimposición de una nueva identidad controlada. La canción, que baila entre lo divino y la lectura de la dictadura, tiene muchísima versatilidad.
Tomamos
primero la filosofía antigua y El banquete de Platón. Allí se analiza el
amor como fuerza que eleva el alma, pero que puede ser peligrosa si se
malinterpreta. Todos los que están alrededor de la mesa deshumanizan el
concepto para llevarlo a lo etéreo, tratando así algo que invade la canción: el
transhumanismo y lo elevado por encima de lo diario, de lo humano.
Por otro
lado, rescato la maravillosa El cuento de la criada de Margaret Atwood
para hablar del dominio del cuerpo y de la creación. La dictadura como
enfermedad en un mundo donde la creación de humanos se ve controlada por un
patriarcado violento. En la novela de Atwood, los cuerpos femeninos son objetos
sagrados en teoría, pero la falta de esa elevación corrompe.
4. Porcelana
La frialdad
de Porcelana es supervivencia frente a lo que duele. La fragilidad como
tema central es un constante "estar a punto de romperse", la amenaza
de la disrupción, pero sobre todo habla de cómo sobrevivir con la
vulnerabilidad fragmentada.
Sylvia Plath
narra como nadie en La campana de cristal el universo femenino como esa
flor de cactus, algo seca, que se hará polvo si el viento sopla lo
suficientemente fuerte. No habla esencialmente de resiliencia, sino de cierto
determinismo vital que te obliga a vivir a pesar de las grietas de esa taza de
porcelana donde depositas el té caliente de la vida diaria.
Heinrich
Böll, en El honor perdido de Katharina Blum, toma la vulnerabilidad y la
sobreexposición y, con la frialdad de la narración de sucesos, nos muestra esas
rupturas en un subtexto desgarrador. La protagonista se ve expuesta ante los
ojos de todos, dinamitada por las voces ajenas. Katharina debe sobrevivir al
juicio externo; sea o no mentira, la ametralladora social la golpea dejándola a
punto de quebrarse. Así, el martirio de la protagonista es paralelo a la
canción, que nos cuenta ese abismo antes de una demolición vital que va a
ocurrir.
5. Mio Cristo / Mio Cristo Piange Diamanti
El dolor, el
arrebato que nos rompe, es corpóreo en la canción de Rosalía. Un suave susurro
que va in crescendo hasta un grito revelador que se ahoga; lo hace en el
dolor que se asume como perenne, irremediable y ligado a la existencia. La
herida como forma de amar.
Si hablamos
de amores trágicos, tóxicos, oscuros... no podemos dejar de hablar de Cumbres
borrascosas y esos protagonistas que son fuerzas de la naturaleza
irremediables, imanes que, aunque puedan traer el apocalipsis con su amor, la
piel les sigue llamando.
Pero la
canción no solo habla del amor y la aceptación del dolor como forma de amar. En
La vegetariana podemos encontrar vestigios del mensaje. Desde otra
perspectiva explora el dolor. La protagonista toma la decisión de ser
vegetariana y, con cierto estoicismo renovado a nuestros tiempos, asume y
resiste al dolor que le supone su decisión. La resistencia a seguir nuestras
pulsiones, sean del tipo que sean, y tengamos que pagar el precio que sea
necesario. Me gusta el choque pasional de la voz de Rosalía con ese tono seco,
casi áspero, de Han Kang.
6. Berghain
Berghain es una de las piezas más complejas
que componen el disco; habla de cuerpos buscando conexión en un espacio de
exceso. Del ruido de la salud mental venida a menos, y esa disociación que se
une a todo ese runrún mental que nos mete en una burbuja sin dejar de ver nada.
Quizás sea por su comienzo en alemán, o igual esos violines que nos recuerdan a
compositores de otras épocas, pero Berghain suena a escritores en
alemán. A filosofía, decadencia y profundidad.
Hesse, en el Hombre unidimensional, habla como nadie de la depresión, la enfermedad mental y la disociación. Su protagonista mantiene conversaciones con un Mozart imaginario y no es capaz de pensar con claridad con todo el bullicio mental que se autoimpone. La identidad fragmentada de Harry Haller encuentra dónde posarse al final. Un lugar algo envenenado y para nada idílico, brusco y tosco, como esas voces que se conjugan en los últimos segundos de la canción (Ulises regresa a casa, pero no vuelve igual; Sebald recorre ruinas que resuenan con el pasado). Rosalía muestra que lo que buscamos nunca se retiene completamente: lo que deseamos se deforma en el tránsito, y el eco del pasado nos persigue, convirtiendo el placer en reflexión y memoria.
Marcuse, en El
hombre unidimensional, hace una construcción de por qué la sociedad, en el
fondo, está dictaminada sin solución. Diserta sobre la imposibilidad de ser
nada más. Berghain posee otra interesante lectura sobre el determinismo
y la incapacidad de salvación más allá del escape mental de la disociación.
Terrores de azúcar que se derriten al mandato de una construcción social que
determina el "debemos".
7. La Perla
La culpa y
la obsesión por haber elegido mal la fuente del amor atraviesan esta canción. La
Perla habla de un despojo humano, alguien sin ética, torpe, engendro
emocional... alguien tóxico que actúa más como vampiro emocional que como
espejo donde querer mirarse. Su tono de nana inconsciente es como un bálsamo
redentor para quien se equivocó y sufrió al hombre que no estaba a la altura.
En Los
miserables no faltan villanos. En un mundo inhóspito, sobre todo para los
personajes femeninos, la historia nos muestra un escaparate con el peor
muestrario de hombres que puedan verse. La propia Fantine viéndose arrastrada
por el patriarcado, y el propio Jean Valjean viendo su vida constantemente rota
por la injusticia de un "perla". Hugo entiende muy bien algo clave
para La perla: la miseria moral masculina no siempre es maldad consciente;
muchas veces es estupidez con autoridad.
Por otro
lado, La perla hace una interesante crítica a la masculinidad. Si nos
paramos a pensar en los hombres que aparecen en El diario de Bridget Jones,
vemos el patetismo encarnado con todas las dolencias propias de una generación
de hombres que son mero ruido alrededor de una protagonista que trata de
encontrarse, mirándose en espejos que solamente le enfocan los pies. Mark Darcy
y Daniel Cleaver no son villanos y quizá por eso resultan tan reconocibles. No
destruyen mundos: desgastan. No ejercen violencia explícita: ejercen ocupación.
La Perla habla también de eso, de los
hombres que colonizan el espacio emocional sin darse cuenta, convencidos de que
su mera presencia basta. Hombres que no son monstruos, sino necios; y esa
necedad, persistente, termina siendo una forma de poder. Bridget escribe
listas, calorías, propósitos. Rosalía canta desde otro lugar, pero la herida es
parecida: la mujer que sobrevive a la mediocridad masculina no porque sea más
fuerte, sino porque aprende a mirarla con ironía. El humor de Fielding no
suaviza el daño: lo deja al descubierto. Reírse no es perdonar; es tomar
distancia. Es dejar de pedir explicaciones.
8. Nuevo mundo
Nuevo mundo no habla de
futuros brillantes ni de utopías consoladoras. Habla de territorios que han
sido reconstruidos por otros, donde la realidad parece moldeada, medida y
vigilada antes de que podamos tocarla. Los mundos rotos se nos ofrecen como
testimonio y memoria. Como dice la canción: Yo quisiera renegar de este
mundo. Pero no habla solo de una ruptura, sino de una luz:
la de la reconstrucción de ese mundo nuevo.
Por eso el
primer referente que surge es 1984, de George Orwell. La distopía de
Orwell no se sostiene con ejércitos ni pantallas: se sostiene con palabras. En
la novela, la disrupción que hace que se cuestione el sistema es la misma que
nos ofrece esa luz de la que habla la canción: la posibilidad de cambio, porque
la normalidad impuesta por el totalitarismo se abre ante la duda, la palabra,
la posibilidad de cuestionarse el mundo en el que se vive. La neolengua no solo
elimina términos; elimina posibilidades de pensar, de cuestionar, de desear.
Winston vive en un mundo donde la memoria se rehace a diario y la conciencia se
somete a la administración del lenguaje. Saber que algo existió no basta: hay
que poder decirlo, y si las palabras desaparecen, también desaparece el
horizonte. Reencontrarse en el verbo es la forma que tenemos de reconstruir la
memoria y, con ella, poder avanzar hacia un nuevo mundo que sea diferente a ese
que nos destruyó.
Alejandra
Pizarnik escribe la implosión interna. Nadie como ella habla de otro tipo de
dolor: de ese que no necesita reinicio, sino reinventarse. En El infierno
musical, la poeta registra el mundo cuando ya no se puede confiar en la
lengua, cuando cada palabra es sospechosa, cuando el yo se fragmenta y la
realidad se vuelve resbaladiza. Sus poemas no narran un sistema político como 1984;
rompen el yo en fragmentos que deben reformularse, cuestionarse, para tratar de
construir otro ante el espejo.
Aquí es
cuando tocamos la versión más intimista de Nuevo mundo: la pulsión interna, esas cosas que solo se pueden
decir con poesía. El escenario emocional que nos presenta la poeta supone
también la sensación de vértigo ante ese mundo nuevo que obliga a reaprender
para poder habitar el cuerpo de una mente atormentada, aprender —en cierta
forma— a existir con esa piel.
9. De madrugá
Hay algo en
el sonido, cuando escuchas esta canción con los ojos cerrados, que te lleva a
Lorca. A sus mujeres, a sus cuitas, a esa fuerza vulnerable y un tanto salvaje.
Pero, pese a que me recuerde a Lorca en general, podría delimitarlo a dos de
sus obras. Porque en De madrugada
hay un sabor diferente. La canción habla de cierta opresión, de una tensión
capaz de atravesar la piel, de las cosas que están en barbecho, esperando tras
una sombra de esa madrugada a ser descubiertas. La urgencia, el duelo, todo reclama
cierto sonido que te lleva a la obra del granadino.
Federico
García Lorca se vuelve inevitable como guía. En Romancero gitano, la
noche no es espacio neutro: es presencia activa. La luna brilla como cuchillo,
los caballos avanzan con insistencia, los cuerpos se buscan y se temen a la
vez. Cada romance está tejido con un peligro latente, con un deseo que se
mezcla con amenaza, con un paisaje en el que el alma y la sangre se confunden. De madrugada comparte ese pulso: la
hora nocturna se transforma en territorio de observación, de espera, de tensión
contenida. Ves la inquietud del hombre que aguarda, a la niña vulnerable, a la
mujer a la que se acecha y que queda desprovista de protección. En concreto, me
lleva constantemente al poema "Romance de la luna, luna", cuando el
jinete se acerca, cuando se mantiene esa conversación con la luna que es como
la muerte en la noche oscura.
Yerma, por otro lado, es testigo de la
muerte del tiempo. Su vientre incapaz de dar el fruto que desea la empuja a
guardar un luto que no quiere tener. La maternidad deseada como única forma de
realización se convierte en obsesión. La propia Yerma podría hablar con el
mismo jadeo desesperado de la canción. Ella misma podría traer mil lenguas de
fuego persiguiendo a cualquiera que pudiera hacer realidad la añoranza de su
vientre incapaz de dar vida. La obra, por su parte, lleva esa tensión al
interior: Yerma siente el peso del deseo no cumplido, de la vida que reclama
fecundidad mientras el destino y la norma la secan por dentro. El insomnio
moral de Yerma se parece al de la canción, esa espera que la carcome y le nubla
la razón.
La madrugada
no es decorado: es instrumento. Es utilizada por los personajes como momento de
pulsión irracional, cuando todo late. El latido, la respiración, la espera,
todo comunica algo que las palabras no alcanzan a decir. Es lo reprimido
filtrándose en imágenes, gestos y silencios mucho más reveladores que cualquier
narración directa, como un agua que lo inunda todo para poder ser mostrado,
dicho.
De madrugá captura esa
sensación de imposibilidad, de deseo que se convierte en herida y tensión. No
busca resolución ni catarsis: la noche se vive, se resiste, se siente. La
canción hace suyo ese espacio lorquiano donde la pulsión y la contención
coexisten, donde la vigilia se vuelve espejo del cuerpo y del alma, donde el
deseo es horizonte y amenaza al mismo tiempo.
La
madrugada, como Lorca muestra, no es hora de descanso. Aquí se nos revela como
un estado del alma donde los impulsos no se apagan, donde la conciencia se
encuentra consigo misma y con aquello que no puede alcanzar.

LUX no es un
disco liviano. Cada canción dialoga con siglos de literatura y con lo
contemporáneo, mostrando que deseo, culpa, caída y memoria atraviesan épocas y
contextos. Escuchar el álbum junto a estos libros no simplifica la experiencia;
la amplifica, obliga a mirar, sentir y reflexionar más allá de la comodidad. La
música y la literatura se encuentran para recordarnos que la intensidad
emocional, histórica y social no pasa, sino que resuena y se transforma.
Escrito por Ainhoa Escarti.









