El universo de «Lux», de Rosalía, en dieciocho novelas. Parte I

0


Escrito por Ainhoa Escarti.


LUX no es un disco amable; es un experimento, una especie de espejo que refleja muchas caras desde diferentes sonidos. Ecléctico y extraño, nos encontramos ante el histrionismo de una Rosalía que no ha realizado un disco, sino un viaje por diferentes puertas dimensionales que recogen un subtexto de dolor y destrucción redentora. Rosalía no canta para acompañar cafés ni para sonar de fondo: su música exige presencia, pensamiento y cuerpo. Así dialoga con la literatura a través de obras que quisieron narrar lo mismo. Escuchar las canciones es recordar lo que otros autores nos quisieron decir. Cada tema es un territorio donde se exploran el deseo, la culpa, la caída y la resistencia. 


LUX mantiene una conversación abierta con siglos de literatura y con la sensibilidad del presente. Te invito a escucharlo.





1. Sexo, violencia y llantas


Esta apertura es un choque de cuerpos y emociones: deseo, transgresión y violencia implícita. El deseo se empareja con la deidad, situándose al mismo nivel; la duda entre amar lo terrenal y lo divino sitúa a la voz de Rosalía en esa dicotomía donde las fuerzas básicas, de las que ya hablara el propio Freud, siguen teniendo protagonismo.




Ovidio, en Las metamorfosis, muestra cómo las fuerzas externas y los caprichos divinos transforman cuerpos y destinos; la canción refleja esa sensación de cambio inevitable y radical. Los dioses se vuelven terrenales con sus bajas pasiones, creando así un diálogo entre las dudas que se representan en la canción, porque la deidad también puede ser terrenal cuando sus pasiones dominan.


Con los Diarios de Anaïs Nin nos centramos en el Eros, la pasión desde la perspectiva del "yo". El deseo se narra desde la voz íntima y protagonista; así, no se revela ni se narra desde la perspectiva del que lo ve, sino desde quien lo siente. La sexualidad femenina se hace real, sucia, dependiente de un cuerpo que siente y sobrevive al ser arrastrado por un deseo que puede ser destructivo.




2. Reliquia


Una reliquia se convierte aquí en algo que se conserva aunque duela. En el bagaje de la canción, donde hace un recorrido emocional, podemos ver los distintos lugares donde la herida, que se convierte en reliquia, se acabó formando.




Si hay una escritora que ha recorrido una historia una y otra vez, es sin duda Marguerite Duras. En El amante, recorre los lugares y personas que conoce tanto que los tiene aprendidos de memoria. Lo hace como el lobo del zoológico que pasa constantemente por el mismo camino trazado una y otra vez por sus patas cansadas. El amor, ese que se clava y se vuelve reliquia, recorre el universo de Duras y queda en el aire para que no se pueda olvidar.


En los Poemas de amor de Idea Vilariño, el amor es una cinta de Moebius; vuelve a ello una y otra vez con la toxicidad del hámster que no sale de su rueda, aunque sabe que está en ella. Su obra maneja los mapas del amor y el desamor desde el recuerdo fijo del que, por mucho que quieras desprenderte, permanece.




3. Divinize


La canción explora el deseo y la fascinación por lo inalcanzable. La deshumanización del cuerpo, la autoimposición de una nueva identidad controlada. La canción, que baila entre lo divino y la lectura de la dictadura, tiene muchísima versatilidad.




Tomamos primero la filosofía antigua y El banquete de Platón. Allí se analiza el amor como fuerza que eleva el alma, pero que puede ser peligrosa si se malinterpreta. Todos los que están alrededor de la mesa deshumanizan el concepto para llevarlo a lo etéreo, tratando así algo que invade la canción: el transhumanismo y lo elevado por encima de lo diario, de lo humano.


Por otro lado, rescato la maravillosa El cuento de la criada de Margaret Atwood para hablar del dominio del cuerpo y de la creación. La dictadura como enfermedad en un mundo donde la creación de humanos se ve controlada por un patriarcado violento. En la novela de Atwood, los cuerpos femeninos son objetos sagrados en teoría, pero la falta de esa elevación corrompe.




4. Porcelana


La frialdad de Porcelana es supervivencia frente a lo que duele. La fragilidad como tema central es un constante "estar a punto de romperse", la amenaza de la disrupción, pero sobre todo habla de cómo sobrevivir con la vulnerabilidad fragmentada.




Sylvia Plath narra como nadie en La campana de cristal el universo femenino como esa flor de cactus, algo seca, que se hará polvo si el viento sopla lo suficientemente fuerte. No habla esencialmente de resiliencia, sino de cierto determinismo vital que te obliga a vivir a pesar de las grietas de esa taza de porcelana donde depositas el té caliente de la vida diaria.


Heinrich Böll, en El honor perdido de Katharina Blum, toma la vulnerabilidad y la sobreexposición y, con la frialdad de la narración de sucesos, nos muestra esas rupturas en un subtexto desgarrador. La protagonista se ve expuesta ante los ojos de todos, dinamitada por las voces ajenas. Katharina debe sobrevivir al juicio externo; sea o no mentira, la ametralladora social la golpea dejándola a punto de quebrarse. Así, el martirio de la protagonista es paralelo a la canción, que nos cuenta ese abismo antes de una demolición vital que va a ocurrir.




5. Mio Cristo / Mio Cristo Piange Diamanti


El dolor, el arrebato que nos rompe, es corpóreo en la canción de Rosalía. Un suave susurro que va in crescendo hasta un grito revelador que se ahoga; lo hace en el dolor que se asume como perenne, irremediable y ligado a la existencia. La herida como forma de amar.




Si hablamos de amores trágicos, tóxicos, oscuros... no podemos dejar de hablar de Cumbres borrascosas y esos protagonistas que son fuerzas de la naturaleza irremediables, imanes que, aunque puedan traer el apocalipsis con su amor, la piel les sigue llamando.


Pero la canción no solo habla del amor y la aceptación del dolor como forma de amar. En La vegetariana podemos encontrar vestigios del mensaje. Desde otra perspectiva explora el dolor. La protagonista toma la decisión de ser vegetariana y, con cierto estoicismo renovado a nuestros tiempos, asume y resiste al dolor que le supone su decisión. La resistencia a seguir nuestras pulsiones, sean del tipo que sean, y tengamos que pagar el precio que sea necesario. Me gusta el choque pasional de la voz de Rosalía con ese tono seco, casi áspero, de Han Kang.




6. Berghain


Berghain es una de las piezas más complejas que componen el disco; habla de cuerpos buscando conexión en un espacio de exceso. Del ruido de la salud mental venida a menos, y esa disociación que se une a todo ese runrún mental que nos mete en una burbuja sin dejar de ver nada. Quizás sea por su comienzo en alemán, o igual esos violines que nos recuerdan a compositores de otras épocas, pero Berghain suena a escritores en alemán. A filosofía, decadencia y profundidad.





Hesse, en el Hombre unidimensional, habla como nadie de la depresión, la enfermedad mental y la disociación. Su protagonista mantiene conversaciones con un Mozart imaginario y no es capaz de pensar con claridad con todo el bullicio mental que se autoimpone. La identidad fragmentada de Harry Haller encuentra dónde posarse al final. Un lugar algo envenenado y para nada idílico, brusco y tosco, como esas voces que se conjugan en los últimos segundos de la canción (Ulises regresa a casa, pero no vuelve igual; Sebald recorre ruinas que resuenan con el pasado). Rosalía muestra que lo que buscamos nunca se retiene completamente: lo que deseamos se deforma en el tránsito, y el eco del pasado nos persigue, convirtiendo el placer en reflexión y memoria.


Marcuse, en El hombre unidimensional, hace una construcción de por qué la sociedad, en el fondo, está dictaminada sin solución. Diserta sobre la imposibilidad de ser nada más. Berghain posee otra interesante lectura sobre el determinismo y la incapacidad de salvación más allá del escape mental de la disociación. Terrores de azúcar que se derriten al mandato de una construcción social que determina el "debemos".




7. La Perla


La culpa y la obsesión por haber elegido mal la fuente del amor atraviesan esta canción. La Perla habla de un despojo humano, alguien sin ética, torpe, engendro emocional... alguien tóxico que actúa más como vampiro emocional que como espejo donde querer mirarse. Su tono de nana inconsciente es como un bálsamo redentor para quien se equivocó y sufrió al hombre que no estaba a la altura.




En Los miserables no faltan villanos. En un mundo inhóspito, sobre todo para los personajes femeninos, la historia nos muestra un escaparate con el peor muestrario de hombres que puedan verse. La propia Fantine viéndose arrastrada por el patriarcado, y el propio Jean Valjean viendo su vida constantemente rota por la injusticia de un "perla". Hugo entiende muy bien algo clave para La perla: la miseria moral masculina no siempre es maldad consciente; muchas veces es estupidez con autoridad.


Por otro lado, La perla hace una interesante crítica a la masculinidad. Si nos paramos a pensar en los hombres que aparecen en El diario de Bridget Jones, vemos el patetismo encarnado con todas las dolencias propias de una generación de hombres que son mero ruido alrededor de una protagonista que trata de encontrarse, mirándose en espejos que solamente le enfocan los pies. Mark Darcy y Daniel Cleaver no son villanos y quizá por eso resultan tan reconocibles. No destruyen mundos: desgastan. No ejercen violencia explícita: ejercen ocupación.


La Perla habla también de eso, de los hombres que colonizan el espacio emocional sin darse cuenta, convencidos de que su mera presencia basta. Hombres que no son monstruos, sino necios; y esa necedad, persistente, termina siendo una forma de poder. Bridget escribe listas, calorías, propósitos. Rosalía canta desde otro lugar, pero la herida es parecida: la mujer que sobrevive a la mediocridad masculina no porque sea más fuerte, sino porque aprende a mirarla con ironía. El humor de Fielding no suaviza el daño: lo deja al descubierto. Reírse no es perdonar; es tomar distancia. Es dejar de pedir explicaciones.




8. Nuevo mundo


Nuevo mundo no habla de futuros brillantes ni de utopías consoladoras. Habla de territorios que han sido reconstruidos por otros, donde la realidad parece moldeada, medida y vigilada antes de que podamos tocarla. Los mundos rotos se nos ofrecen como testimonio y memoria. Como dice la canción: Yo quisiera renegar de este mundo. Pero no habla solo de una ruptura, sino de una luz: la de la reconstrucción de ese mundo nuevo.






Por eso el primer referente que surge es 1984, de George Orwell. La distopía de Orwell no se sostiene con ejércitos ni pantallas: se sostiene con palabras. En la novela, la disrupción que hace que se cuestione el sistema es la misma que nos ofrece esa luz de la que habla la canción: la posibilidad de cambio, porque la normalidad impuesta por el totalitarismo se abre ante la duda, la palabra, la posibilidad de cuestionarse el mundo en el que se vive. La neolengua no solo elimina términos; elimina posibilidades de pensar, de cuestionar, de desear. Winston vive en un mundo donde la memoria se rehace a diario y la conciencia se somete a la administración del lenguaje. Saber que algo existió no basta: hay que poder decirlo, y si las palabras desaparecen, también desaparece el horizonte. Reencontrarse en el verbo es la forma que tenemos de reconstruir la memoria y, con ella, poder avanzar hacia un nuevo mundo que sea diferente a ese que nos destruyó.


Alejandra Pizarnik escribe la implosión interna. Nadie como ella habla de otro tipo de dolor: de ese que no necesita reinicio, sino reinventarse. En El infierno musical, la poeta registra el mundo cuando ya no se puede confiar en la lengua, cuando cada palabra es sospechosa, cuando el yo se fragmenta y la realidad se vuelve resbaladiza. Sus poemas no narran un sistema político como 1984; rompen el yo en fragmentos que deben reformularse, cuestionarse, para tratar de construir otro ante el espejo.


Aquí es cuando tocamos la versión más intimista de Nuevo mundo: la pulsión interna, esas cosas que solo se pueden decir con poesía. El escenario emocional que nos presenta la poeta supone también la sensación de vértigo ante ese mundo nuevo que obliga a reaprender para poder habitar el cuerpo de una mente atormentada, aprender —en cierta forma— a existir con esa piel.




9. De madrugá


 

Hay algo en el sonido, cuando escuchas esta canción con los ojos cerrados, que te lleva a Lorca. A sus mujeres, a sus cuitas, a esa fuerza vulnerable y un tanto salvaje. Pero, pese a que me recuerde a Lorca en general, podría delimitarlo a dos de sus obras. Porque en De madrugada hay un sabor diferente. La canción habla de cierta opresión, de una tensión capaz de atravesar la piel, de las cosas que están en barbecho, esperando tras una sombra de esa madrugada a ser descubiertas. La urgencia, el duelo, todo reclama cierto sonido que te lleva a la obra del granadino.







Federico García Lorca se vuelve inevitable como guía. En Romancero gitano, la noche no es espacio neutro: es presencia activa. La luna brilla como cuchillo, los caballos avanzan con insistencia, los cuerpos se buscan y se temen a la vez. Cada romance está tejido con un peligro latente, con un deseo que se mezcla con amenaza, con un paisaje en el que el alma y la sangre se confunden. De madrugada comparte ese pulso: la hora nocturna se transforma en territorio de observación, de espera, de tensión contenida. Ves la inquietud del hombre que aguarda, a la niña vulnerable, a la mujer a la que se acecha y que queda desprovista de protección. En concreto, me lleva constantemente al poema "Romance de la luna, luna", cuando el jinete se acerca, cuando se mantiene esa conversación con la luna que es como la muerte en la noche oscura.


Yerma, por otro lado, es testigo de la muerte del tiempo. Su vientre incapaz de dar el fruto que desea la empuja a guardar un luto que no quiere tener. La maternidad deseada como única forma de realización se convierte en obsesión. La propia Yerma podría hablar con el mismo jadeo desesperado de la canción. Ella misma podría traer mil lenguas de fuego persiguiendo a cualquiera que pudiera hacer realidad la añoranza de su vientre incapaz de dar vida. La obra, por su parte, lleva esa tensión al interior: Yerma siente el peso del deseo no cumplido, de la vida que reclama fecundidad mientras el destino y la norma la secan por dentro. El insomnio moral de Yerma se parece al de la canción, esa espera que la carcome y le nubla la razón.


La madrugada no es decorado: es instrumento. Es utilizada por los personajes como momento de pulsión irracional, cuando todo late. El latido, la respiración, la espera, todo comunica algo que las palabras no alcanzan a decir. Es lo reprimido filtrándose en imágenes, gestos y silencios mucho más reveladores que cualquier narración directa, como un agua que lo inunda todo para poder ser mostrado, dicho.


De madrugá captura esa sensación de imposibilidad, de deseo que se convierte en herida y tensión. No busca resolución ni catarsis: la noche se vive, se resiste, se siente. La canción hace suyo ese espacio lorquiano donde la pulsión y la contención coexisten, donde la vigilia se vuelve espejo del cuerpo y del alma, donde el deseo es horizonte y amenaza al mismo tiempo.


La madrugada, como Lorca muestra, no es hora de descanso. Aquí se nos revela como un estado del alma donde los impulsos no se apagan, donde la conciencia se encuentra consigo misma y con aquello que no puede alcanzar.

 

 



LUX no es un disco liviano. Cada canción dialoga con siglos de literatura y con lo contemporáneo, mostrando que deseo, culpa, caída y memoria atraviesan épocas y contextos. Escuchar el álbum junto a estos libros no simplifica la experiencia; la amplifica, obliga a mirar, sentir y reflexionar más allá de la comodidad. La música y la literatura se encuentran para recordarnos que la intensidad emocional, histórica y social no pasa, sino que resuena y se transforma.



Escrito por Ainhoa Escarti.

Entradas que pueden interesarte

Sin comentarios