Novelas largas para días festivos

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Escrito por Ainhoa Escarti. Vivimos demasiado deprisa, el dictado del reloj nos pisa los talones constantemente. Parar es muchas veces una forma de autocuidado. La Semana Santa asoma sus patas en el calendario. Esos días de descanso son una buena oportunidad para pararse a leer. Pero hacerlo desde la pausa, desde ese tomarse un respiro y disfrutar sin prisas. Vivir el libro con calma, ya sea si te escapas de la ciudad como si decides hacerlo en tu terraza o cómodamente en el sofá.

Aquí te traigo una lista interesante para ocupar la Semana Santa. Pero traigo diferentes opciones, por un lado la oportunidad de poder leer una saga, quizás uno de esos libros que necesitan toda nuestra atención para comprenderlos y además libros muy largos para los que apenas tenemos tiempo. Traigo experiencias en páginas, que son para quedarse a vivir en su sillón favorito. Porque uno de los mejores viajes son los que realizamos con la imaginación.

Comenzamos con las sagas, las historias en numerosas ocasiones nos enganchan demasiado, lo extraordinario de las sagas es caminar junto a nuestros personajes y admirar su viaje durante los diferentes libros, pero todos admitiremos ese suspiro tras la última página cuando sabemos que el viaje que hemos realizado acaba.

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El señor de los anillos de Tolkien



Toda una vida fue necesaria para que el genial escritor inglés hiciera la perfecta arquitectura de su mundo fantástico. Lenguas propias, personajes fantásticos llenos de humanidad y una epicidad impresionante que acompaña a un gran crisol de razas, bestias y demás mitología.

Pese a que la historia es densa por la cantidad de lugares y personajes que participan, la pluma de Tolkien hila tan bien la madeja que te da una ventana a ese universo. Abrir un libro de la trilogía del anillo es entrar en un lugar apasionante del que querrás saber todo. Tolkien va más allá de la fantasía para narrar un peregrinaje, un viaje que se sucede por los caminos y por dentro de los personajes. Tres libros que son un viaje físico, sí, pero sobre todo moral. El peso del anillo no es solo objeto: es carga, tentación, corrupción. Hay sacrificio. Hay renuncia. Hay caída y levantamiento. Furia, desesperación, todo lo que nos hace humanos con todos sus claroscuros se proyecta en hobbits, elfos, humanos y magos, es la principal razón por lo que la historia es universal porque pese a ser fantasía sus cuitas vitales están pegadas a las grandes cuestiones de la condición humana.

Es una saga para leer despacio. Para saborear los paisajes. Para entender que el mal no siempre grita, a veces susurra. Y cuando termina, uno siente que ha regresado de un lugar que no existe, pero que ha cambiado algo por dentro. La archiconocida historia sobre todo por las películas, nos lleva a la Tierra Media y allá un hobbit al que se le encarga el arduo peso del anillo, el anillo único.

Pero lo que parece una aventura, se torna cada vez más pesada y oscura, en un viaje vital sobre la fortaleza y como la bondad puede con las partes oscuras. La trilogía se compone de tres libros:




La comunidad del anillo. Sirve de extensa presentación de personajes, donde sobre todo nos muestra su naturaleza. Es sin duda la menos oscura de las tres y lo que realmente es fascinante es su forma de ir incluyendo a tan variopinto plantel de una forma grandilocuente pero dinámica. Aquí sobre todo vemos las semillas de lo que se irá desvelando en los otros dos libros.

Las dos torres. Es la amplificación del universo, donde el ejercicio de la pluma de Tolkien se revela icónica cuando tiene que narrar secuencias de batallas. Es como estar casi participando en ellas.

El retorno del rey.
Por último, la más grandilocuente de las tres. Los personajes lejos de su cenit se encuentran envueltos en las sombras de los que se piensan derrotados. Es el más interesante a nivel de la psicología de los personajes y el trabajo que ha realizado en los anteriores, se ve plasmado aquí con coherencia. Una de las cosas más apasionantes es ver que, pese a ser aventuras con fantasía, cada uno de los personajes traza un arco personal creíble y complejo, demostrando que la fantasía también es buena literatura.





Millennium de Stieg Larsson


Oscura. Fría. Incómoda. La trilogía Millennium no es lectura fácil, pero es absorbente. Es una investigación que se convierte en descenso a la violencia estructural, al abuso, a la corrupción que se esconde bajo la apariencia de normalidad. Aquí el mal no es abstracto. Tiene nombres, empresas, familias. Y eso incomoda más que cualquier demonio mitológico. 

Lisbeth, la protagonista, es una heroína que va más allá de su tiempo, parece más sacada de un cómic que de una novela. Millennium no está escrita para gustar. Está escrita para señalar, poner el dedo en la llaga del patriarcado, en las cosas que tratamos de tapar para no decirse. Además, esto lo construye bastante bien con una lectura que, pese a lo oscuro que cuenta, tiene cierta agilidad que te hace proseguir por las páginas sin darte cuenta. Es cuando el thriller te atrapa, para no solo entretenerte, sino para hacerte pensar.

Stieg Larsson no era solo novelista. Era periodista de investigación. Trabajó denunciando el extremismo de ultraderecha en Suecia y conocía bien las estructuras que protegían a quienes dañan. Eso se nota. La saga nace de una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando el sistema protege al agresor y no a la víctima? Larsson murió antes de ver el éxito mundial de sus libros, lo que añade una capa casi trágica al fenómeno: la historia sobre la corrupción del poder se convierte también en una historia sobre legado y ausencia. 




La trilogía primigenia consta de tres libros. 

Los hombres que no amaban a las mujeres. Todo comienza con una desaparición antigua. Una joven perdida hace décadas. Un encargo periodístico que parece frío, casi rutinario. Pero pronto la investigación se convierte en una excavación familiar. A través de un estudio casi arqueológico nos metemos de lleno en temas como el dinero, industria, nazismo, misoginia. La familia Vanger no es solo una familia: es un microcosmos del poder heredado. Aquí aparece ella: Lisbeth Salander. Es la rareza, un personaje femenino que pocas veces hemos tenido la suerte de leer, hija de sus traumas y conflictos es una superviviente que se convierte en heroína. Pero es incómoda, disruptiva y eso la hace absolutamente fascinante. Genio informático. Socialmente incómoda. Brutalmente honesta. Lisbeth no pide empatía. Y sin embargo, el lector termina acompañándola con una lealtad inesperada. 

La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina. Aquí la saga se oscurece. Si el primer libro era investigación externa, el segundo es persecución íntima. Lisbeth pasa de ser colaboradora brillante a sospechosa principal. El sistema que ya la había maltratado vuelve a señalarla. Y el lector empieza a entender la magnitud del daño sufrido. No es solo abuso individual. Es institucional. Una crítica a los fallos en el sistema, a como este tiene agujeros por los que se cuelan los abusos. Psiquiatras corruptos. Tutores legales manipuladores. Informes falsificados. El aparato del Estado utilizado para silenciar a una niña incómoda. Este libro es más frenético. Más tenso. Pero también más político, dejando en el lector un poso de crítica que le lleva a cuestionar si el sistema en el que vive también tiene esos niveles de corrupción y oscuridad. 

La reina en el palacio de las corrientes de aire. Juicios. Revelaciones. Ajustes de cuentas. En una especie de análisis clínico, Larsson pone a Lisbeth en un juicio donde es expuesta, donde la lucha entre el estado y la anomalía que supone nuestra protagonista, realizan un baile donde claramente no hay ganador. Lisbeth no busca venganza teatral. Busca verdad. Busca que el expediente falso sea desmontado, que la narrativa oficial se quiebre. No busca la redención, busca que toda la podredumbre sistémica sea expuesta para su quiebre final. La trilogía original termina con una sensación extraña: no de paz absoluta, sino de equilibrio restaurado parcialmente. El mal no desaparece, solo queda expuesto. 

Tras la muerte de Larsson, la saga fue continuada por David Lagercrantz con nuevas entregas que expanden el universo de Lisbeth. Aquí la saga se torna otra cosa, menos política, menos arriesgada y sobre todo menos crítica. Si te interesa cómo narra Larsson, es bastante probable que el resto te decepcione. Porque se pierden los principales pilares de la trilogía original, no existe la crudeza, ni la crítica feroz al poder del patriarcado, se vuelven meramente entretenidas sin toda la red tejida atrás.




Los pilares de la Tierra de Ken Follett


Una catedral que tarda décadas en levantarse. Un libro que tarda cientos de páginas en cerrarse. Pero el propio libro fue un hito. Ken Follett era un escritor consagrado de thriller de espionaje, algo mucho más ligero y dinámico que la novela que presentó. Imagino a su editor suspirando por el nuevo manuscrito que a Follett le llevó tres años escribirlo. Suponía un cambio radical como autor, y un riesgo, ya que su nombre se asociaba a un perfil de libros. Pero pese a todo, el libro logró ver la luz. 

Es verdad que la parte más apasionante del libro es la primera, siendo la segunda no estrictamente de peor calidad pero sí que se nota un descenso hasta el final. Pero pese a esa desigualdad sí es un libro de agradable lectura, sobre todo por su capacidad de sumergirnos en el arduo ejercicio de construcción de una catedral. La inmersión histórica es uno de los mejores motivos para leerla, lo que resulta una experiencia única si valoras la novela histórica. Se nota, sobre todo en la segunda parte del libro, de dónde viene Follett, ya que logra una dinámica con los personajes que, además de instruir históricamente, entretiene, quizás ese detenerse en el entretenimiento es justamente lo que la empobrece en comparación.



La sombra del viento de Carlos Ruiz Zafón

Cuente lo que cuente Zafón, lo hace de una forma tan cuidada y exquisita, su trato de la narrativa es tan sublime… que te quedas a leerlo por el mero hecho de disfrutarlo. Barcelona envuelta en niebla, secretos familiares, libros malditos, amores imposibles. La prosa de Zafón es barroca sin pedir disculpas. Es exceso y teatralidad, y ello supone leerlo con lentitud, deleitarse en cómo construye las frases, es un viaje por la palabra y también unos personajes que son herederos emocionales. Es una historia sobre cómo los libros nos salvan o nos condenan, sobre cómo la memoria persiste incluso cuando intentamos enterrarla. Cuando cierras la última página, sientes que has recorrido una ciudad interior que no sabías que existía. 




Crimen y castigo de Fiódor Dostoievski

No se lee. Se soporta. Un microcosmos denso, parecido a mantequilla que necesita un cuchillo para cortarse acompaña a la atmósfera de esta circular historia donde la culpa es un dolor físico que se ancla, una manta pesada que no ayuda a dormir. Raskólnikov no es simpático. Es arrogante, contradictorio, frágil. Demasiado humano, huye del arquetipo para construir a un personaje extraño con el que en ocasiones es complicado empatizar. Sin embargo uno camina con él por calles húmedas, por pensamientos que se deshacen, por esa cabeza suya incapaz de salir en ocasiones del unipensamiento que parece carcoma corroyendo todo alrededor. El suceso no es tanto, no son tantas páginas, pero la culpa cae como una sombra enorme que hace aparecer a todos los monstruos internos, la culpa obsesiva, oscura, corrupta, como chapapote en un mar limpio. Dostoievski te mete en una mente quebrada y te obliga a permanecer allí. Es denso, filosófico, incómodo. Y por eso es perfecto para días lentos.



Ulises de James Joyce

La grandilocuencia de la mente dispersa que, pese a que el transcurso sea corto, conversa tanto consigo misma que una hora es un mundo y mil historias. Un día. Solo un día en la vida de un hombre y la narrativa se dispersa. Ulises no se deja domesticar. Es un animal en sí mismo por el que te tienes que dejar morder y conquistar. Es un texto, raro, incómodo, que juega con el lector e incluso con el narrador. Su estructura fragmentaria, su flujo de conciencia, sus referencias mitológicas y cotidianas convierten la lectura en un desafío. No se trata de entenderlo todo. Se trata de aceptar que no todo se entiende. Es probable que necesites releer párrafos. Que subrayes. Que descanses. Pero también es probable que encuentres una belleza inesperada en lo cotidiano, en lo mínimo. Porque Joyce también es eso en filosofar en lo mundano. Al fin y al cabo, solo son unos personajes el 16 de junio de 1904 en un Dublín que es un personaje propio. Pese a lo épico del Ulises de la Odisea, de donde toma Joyce el nombre del protagonista, este Ulises es exageradamente mundano. Joyce acoge la obra de Homero para realizar un paralelismo entre las aventuras del griego y las desventuras del dublinés, pero la trama que es aparentemente simple es una maraña existencialista y filosófica que mira el ombligo de la sociedad para sacar la suciedad que allí habita y mostrarla. Porque en lo cotidiano, en lo mundano también hay mucho que contar.


Y vosotros, ¿recomendaríais algún libro largo?, ¿habéis leído alguna novela del artículo? ¡Os leemos!

Escrito por Ainhoa Escarti.

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