
Escrito por Ainhoa Escarti. Hubo un tiempo en que la censura tenía sotana o uniforme. Un cura la firmaba desde un púlpito, un dictador lo hacía desde un despacho, y el resto de nosotros sabíamos, con la claridad incómoda de quien reconoce a un enemigo por su forma de vestir, quién estaba prohibiendo qué y por qué. Sabíamos a qué nos enfrentábamos con la claridad de quien sabe de dónde vienen los noes, así podíamos tratar siempre de ser disruptivos leyendo aquello prohibido. Digamos que los roles estaban repartidos. Hoy la censura se ha vuelto más democrática, en el peor sentido de la palabra: la ejerce cualquiera, se firma en un formulario de reclamación o en una red social, y casi nunca lleva el nombre de censura, sino el de protección, sensibilidad o, sencillamente, cancelación. No podemos perder de vista la palabra cancelación, creo que es necesario escribirlo con mayúsculas: CANCELACIÓN.
El resultado es el mismo de siempre: un libro que deja de estar donde estaba y, por lo tanto, una voz se pierde.
Estados Unidos
Empecemos mirando datos. Solo en el ciclo escolar 2024-2025, la organización PEN America registró 6870 casos de prohibición de libros en 23 estados y 87 distritos escolares de Estados Unidos, una cifra que confirma una tendencia que lleva años consolidándose; podríamos decir que se asume, se normaliza. Ya no es necesario hacer una hoguera en una plaza ante los ojos de todos, pero aunque no veamos el humo y la ceniza, la quema es la misma.
Margaret Atwood, la reconocida escritora, ha advertido que nunca en la era moderna se habían prohibido tantos libros en Estados Unidos. Y no hablamos de rarezas eróticas del siglo XVIII: hablamos de The Bluest Eye, de Toni Morrison, retirado de bibliotecas escolares por su representación del abuso y el racismo, es decir, retirado precisamente por lo que la novela necesita contar para funcionar como literatura. Porque para poder confrontar los conceptos, estos deben existir. No se puede luchar una idea desde el desconocimiento de ella.
Pero aunque he dado datos de Estados Unidos y en los medios las noticias de este tipo siempre vienen de allá, este fenómeno no se queda en Estados Unidos ni es exclusivamente conservador, aunque conviene no engañarse: la mayoría de estas prohibiciones nacen de una cruzada contra la diversidad sexual, la crítica racial y cualquier libro que incomode una idea muy concreta de infancia inocente. En Canadá, la provincia de Alberta retiró de sus escuelas públicas al menos 240 títulos, entre ellos versiones gráficas de 1984, de Orwell, y El cuento de la criada, de Atwood, en cumplimiento de una normativa que prohíbe cualquier representación visual explícita de un acto sexual, impulsada por un grupo religioso ultraconservador. Atwood, que no ha perdido el sentido del humor pese a llevar treinta años viendo cómo su distopía se vuelve manual de instrucciones, como si ella hubiera sido una Casandra moderna, respondió en redes con la ironía que la caracteriza, pero ello no devuelve el libro a las aulas. En momentos así, pienso que esta realidad a veces parece una parodia de Fahrenheit 451, que venga Ray Bradbury y lo vea. Cuando la ficción ya no es parodia sino tangible, vemos que nos estamos torciendo de manera espectacular.
No es necesario recordar que América no tiene el monopolio de la censura que podemos observar, ya que siguen existiendo gobiernos como los talibanes. La censura no es un invento occidental, tampoco es una anomalía de los tiempos que corren sin que apenas nos demos cuenta, acomodados en nuestro sofá mientras damos slides a nuestras redes. El Ministerio de Información y Cultura del Talibán publicó en octubre de 2024 una lista de más de 400 libros prohibidos. El impulso de decidir qué puede leer el resto de la humanidad es, por lo visto, transversal a ideologías, continentes y siglos. Solo cambia el nombre de la puerta desde la que se firma el veto. Es irónico que prohibir no pase de moda, tratando así de manipular las ideas y alienar a las cabezas que tendrán acceso al conocimiento desde sus vías.
Empecemos mirando datos. Solo en el ciclo escolar 2024-2025, la organización PEN America registró 6870 casos de prohibición de libros en 23 estados y 87 distritos escolares de Estados Unidos, una cifra que confirma una tendencia que lleva años consolidándose; podríamos decir que se asume, se normaliza. Ya no es necesario hacer una hoguera en una plaza ante los ojos de todos, pero aunque no veamos el humo y la ceniza, la quema es la misma.
Margaret Atwood, la reconocida escritora, ha advertido que nunca en la era moderna se habían prohibido tantos libros en Estados Unidos. Y no hablamos de rarezas eróticas del siglo XVIII: hablamos de The Bluest Eye, de Toni Morrison, retirado de bibliotecas escolares por su representación del abuso y el racismo, es decir, retirado precisamente por lo que la novela necesita contar para funcionar como literatura. Porque para poder confrontar los conceptos, estos deben existir. No se puede luchar una idea desde el desconocimiento de ella.
Pero aunque he dado datos de Estados Unidos y en los medios las noticias de este tipo siempre vienen de allá, este fenómeno no se queda en Estados Unidos ni es exclusivamente conservador, aunque conviene no engañarse: la mayoría de estas prohibiciones nacen de una cruzada contra la diversidad sexual, la crítica racial y cualquier libro que incomode una idea muy concreta de infancia inocente. En Canadá, la provincia de Alberta retiró de sus escuelas públicas al menos 240 títulos, entre ellos versiones gráficas de 1984, de Orwell, y El cuento de la criada, de Atwood, en cumplimiento de una normativa que prohíbe cualquier representación visual explícita de un acto sexual, impulsada por un grupo religioso ultraconservador. Atwood, que no ha perdido el sentido del humor pese a llevar treinta años viendo cómo su distopía se vuelve manual de instrucciones, como si ella hubiera sido una Casandra moderna, respondió en redes con la ironía que la caracteriza, pero ello no devuelve el libro a las aulas. En momentos así, pienso que esta realidad a veces parece una parodia de Fahrenheit 451, que venga Ray Bradbury y lo vea. Cuando la ficción ya no es parodia sino tangible, vemos que nos estamos torciendo de manera espectacular.
No es necesario recordar que América no tiene el monopolio de la censura que podemos observar, ya que siguen existiendo gobiernos como los talibanes. La censura no es un invento occidental, tampoco es una anomalía de los tiempos que corren sin que apenas nos demos cuenta, acomodados en nuestro sofá mientras damos slides a nuestras redes. El Ministerio de Información y Cultura del Talibán publicó en octubre de 2024 una lista de más de 400 libros prohibidos. El impulso de decidir qué puede leer el resto de la humanidad es, por lo visto, transversal a ideologías, continentes y siglos. Solo cambia el nombre de la puerta desde la que se firma el veto. Es irónico que prohibir no pase de moda, tratando así de manipular las ideas y alienar a las cabezas que tendrán acceso al conocimiento desde sus vías.
Europa
Europa suele mirar hacia Estados Unidos con la superioridad moral de quien cree que esas cosas "aquí no pasan", y conviene despejar esa ilusión cuanto antes. El caso más flagrante dentro de la propia Unión Europea es Hungría, donde el gobierno de Viktor Orbán endureció este año una legislación que ya era restrictiva: obliga a precintar los libros infantiles con personajes LGTBIQ+ y prohíbe venderlos cerca de centros infantiles. La propia Unión Europea denunció la norma ante la justicia comunitaria, y el Tribunal de Justicia de la UE terminó sentenciando que Hungría había infringido los valores fundamentales de la Unión con esa ley, por resultar contraria a una sociedad plural. Sociedad en la que se supone que vivimos, válgame la duda. Que haga falta un tribunal europeo para recordarle a un Estado miembro que prohibir un libro por la orientación sexual de sus personajes no es exactamente defender la infancia, dice bastante sobre en qué punto estamos.
Temblemos, insensatos, por estos tiempos de censura y cancelación donde las voces se borran del mapa según el discurso único de quien lo hace. Y esto nos recuerda demasiado a ciertas distopías que muchos conocemos.
Europa suele mirar hacia Estados Unidos con la superioridad moral de quien cree que esas cosas "aquí no pasan", y conviene despejar esa ilusión cuanto antes. El caso más flagrante dentro de la propia Unión Europea es Hungría, donde el gobierno de Viktor Orbán endureció este año una legislación que ya era restrictiva: obliga a precintar los libros infantiles con personajes LGTBIQ+ y prohíbe venderlos cerca de centros infantiles. La propia Unión Europea denunció la norma ante la justicia comunitaria, y el Tribunal de Justicia de la UE terminó sentenciando que Hungría había infringido los valores fundamentales de la Unión con esa ley, por resultar contraria a una sociedad plural. Sociedad en la que se supone que vivimos, válgame la duda. Que haga falta un tribunal europeo para recordarle a un Estado miembro que prohibir un libro por la orientación sexual de sus personajes no es exactamente defender la infancia, dice bastante sobre en qué punto estamos.
Temblemos, insensatos, por estos tiempos de censura y cancelación donde las voces se borran del mapa según el discurso único de quien lo hace. Y esto nos recuerda demasiado a ciertas distopías que muchos conocemos.
España
España, por su parte, disfruta de una paradoja curiosa: formalmente no hay ningún libro prohibido en el país, y cualquiera puede comprar hoy en una librería desde el Ulises hasta el título más incómodo que se le ocurra (no vamos a aplaudir aún). La censura, aquí, ha aprendido a operar por otras vías, más municipales que estatales. Desde 2023, concejalías gobernadas por Vox —en Burriana, en Castellón, en Dos Hermanas, en Barcelona— han pedido o directamente ordenado retirar de las secciones infantiles y juveniles de las bibliotecas públicas libros con personajes LGTBI, alegando que se trata de "contenido sexual explícito" o de "adoctrinamiento". En Burriana, el concejal de Cultura llegó a firmar una providencia para que esos títulos pasaran a una sala de adultos creada expresamente para alojarlos, lo que llevó el caso hasta el Parlamento Europeo. Es, en miniatura, el mismo gesto que hemos analizado anteriormente en otros países: no se quema el libro, se le busca un rincón donde nadie tenga que tropezarse con él por accidente, que es una forma más discreta y más moderna de decir lo mismo de siempre: vetado.
España, por su parte, disfruta de una paradoja curiosa: formalmente no hay ningún libro prohibido en el país, y cualquiera puede comprar hoy en una librería desde el Ulises hasta el título más incómodo que se le ocurra (no vamos a aplaudir aún). La censura, aquí, ha aprendido a operar por otras vías, más municipales que estatales. Desde 2023, concejalías gobernadas por Vox —en Burriana, en Castellón, en Dos Hermanas, en Barcelona— han pedido o directamente ordenado retirar de las secciones infantiles y juveniles de las bibliotecas públicas libros con personajes LGTBI, alegando que se trata de "contenido sexual explícito" o de "adoctrinamiento". En Burriana, el concejal de Cultura llegó a firmar una providencia para que esos títulos pasaran a una sala de adultos creada expresamente para alojarlos, lo que llevó el caso hasta el Parlamento Europeo. Es, en miniatura, el mismo gesto que hemos analizado anteriormente en otros países: no se quema el libro, se le busca un rincón donde nadie tenga que tropezarse con él por accidente, que es una forma más discreta y más moderna de decir lo mismo de siempre: vetado.
Censura que reescribe
Existe otro tipo de censura que se parece más a lo sibilante de una serpiente, es más sutil porque no prohíbe, reescribe. En 2023, la editorial Puffin Books, sello infantil de Penguin, contrató lectores de sensibilidad durante tres años para revisar la obra de Roald Dahl y relanzarla con cambios en la representación de raza, sexo y carácter de los personajes, pese a que Dahl, en vida, había exigido explícitamente a sus editores que no le cambiaran ni una coma. La ironía es doble, casi de manual: el hombre que ya había cedido en 1973 y convertido a sus Oompa Loompas de pigmeos africanos en criaturas de fantasía sin raza reconocible —porque hasta él entendió que algo estaba mal— es ahora corregido póstumamente por una industria que decide, sin que él pueda ni asentir ni protestar, qué parte de su ironía cruel sigue siendo aceptable y cuál no.
Aquí me tienta la pregunta que también me hago con la inteligencia artificial y la autoría: ¿de quién es un texto una vez publicado? ¿Del autor, que ya no puede defenderlo? ¿Del lector actual, que exige que el pasado se ajuste a su presente? ¿De la editorial, que sencillamente calcula qué versión vende más sin ofender? Dahl era, no lo olvidemos, un escritor cruel a propósito, cuyo humor dependía en buena medida de ser incómodo, de que las brujas fueran verdaderamente terribles y los niños glotones terminaran verdaderamente mal. Limarle las aristas es, en cierto sentido, escribir un Dahl que Dahl no habría reconocido como suyo. No hablo de si tenía razón en sus prejuicios de época —no la tenía, y de hecho su familia ya pidió perdón públicamente por sus comentarios antisemitas—; hablo de si la solución honesta a un autor problemático es maquillarlo o es leerlo con el contexto puesto encima, como advertencia y como documento. Caemos en un craso error cuando leemos a los autores de otras épocas con los filtros del mundo en el que vivimos ahora. Si algo he aprendido en mis años estudiando historia es lo necesario de ver los tiempos pasados con las gafas de su realidad. La necesidad de ver lo que hicimos mal para tratar de no caer, de no dar por normalizadas una serie de luchas que supusieron muchos sacrificios. Así no podemos pretender que autores de otros siglos no tengan cierto tufillo a machismo o racismo, tenemos que ser conscientes del pensamiento de su época.
Censura que linchaAquí me tienta la pregunta que también me hago con la inteligencia artificial y la autoría: ¿de quién es un texto una vez publicado? ¿Del autor, que ya no puede defenderlo? ¿Del lector actual, que exige que el pasado se ajuste a su presente? ¿De la editorial, que sencillamente calcula qué versión vende más sin ofender? Dahl era, no lo olvidemos, un escritor cruel a propósito, cuyo humor dependía en buena medida de ser incómodo, de que las brujas fueran verdaderamente terribles y los niños glotones terminaran verdaderamente mal. Limarle las aristas es, en cierto sentido, escribir un Dahl que Dahl no habría reconocido como suyo. No hablo de si tenía razón en sus prejuicios de época —no la tenía, y de hecho su familia ya pidió perdón públicamente por sus comentarios antisemitas—; hablo de si la solución honesta a un autor problemático es maquillarlo o es leerlo con el contexto puesto encima, como advertencia y como documento. Caemos en un craso error cuando leemos a los autores de otras épocas con los filtros del mundo en el que vivimos ahora. Si algo he aprendido en mis años estudiando historia es lo necesario de ver los tiempos pasados con las gafas de su realidad. La necesidad de ver lo que hicimos mal para tratar de no caer, de no dar por normalizadas una serie de luchas que supusieron muchos sacrificios. Así no podemos pretender que autores de otros siglos no tengan cierto tufillo a machismo o racismo, tenemos que ser conscientes del pensamiento de su época.
Nos encontramos con la forma más incómoda, porque mezcla dos cosas que casi nunca deberían mezclarse sin cuidado: la calidad de una obra y el linchamiento exprés de quien la firma. Kate Clanchy, profesora y poeta escocesa, publicó en 2019 Some Kids I Taught and What They Taught Me, unas memorias sobre sus treinta años enseñando poesía a alumnos de barrios desfavorecidos, que ganó el prestigioso Premio Orwell en 2020. Un año después, unos usuarios de Twitter y Goodreads sacaron de contexto un puñado de frases del libro —una niña descrita con "piel color chocolate", dos alumnos autistas calificados de "compañía crispante"— y las presentaron como prueba de racismo y capacitismo. Clanchy se disculpó públicamente reconociendo que había "exagerado" al defenderse, y aceptó reescribir el libro junto a su editorial, Picador. Meses después, la editorial rompió su contrato de más de veinte años con ella, y el libro tuvo que ser rescatado, sin apenas cambios, por una editorial independiente. Lo notable de este caso es su epílogo: cuatro años más tarde, en 2025, Pan Macmillan pidió perdón formalmente a Clanchy, calificando todo el episodio de "una serie de hechos lamentables" de su propio pasado. No hubo delito ni sentencia, ni siquiera una acusación que resistiera un examen sereno: solo un puñado de frases descontextualizadas, una editorial que cedió al pánico por prudencia comercial, y un autor que tardó años en recibir la disculpa que en realidad le debían a ella.
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Y aquí, lectora, tengo que ser honesta conmigo misma antes de pedirle honestidad a nadie más: no me parece lo mismo que una editorial abandone a una autora por miedo a un puñado de tuits sacados de contexto, que prohibirle a un adolescente leer sobre racismo porque incomoda. Uno es un pánico corporativo que ni siquiera resistió el paso del tiempo; el otro es un estado decidiendo qué puede saber un ciudadano. Pero la palabra cancelación los mete en la misma bolsa, y esa pereza lingüística —llamar igual al malentendido amplificado por redes que a la persecución de una idea en una biblioteca— es quizá la trampa retórica más eficaz de la última década.
La pregunta de fondo, la que de verdad me quita el sueño como lectora y como escritora, no es tan nueva como parece. Ya nos la hicimos con Céline, con Ezra Pound, con Heidegger. ¿Puede El viaje al fin de la noche seguir siendo una de las cumbres de la prosa del siglo XX aunque su autor firmara panfletos antisemitas? ¿Podemos leer Los cantos de Pound sin que la sombra de su fascismo se proyecte sobre cada verso? La respuesta que la tradición literaria ha ido dando, con incomodidad pero con cierta consistencia, es que sí: se puede, y se debe, sostener la tensión entre admirar la obra y condenar sin matices al hombre. Lo que cambia hoy no es la existencia de esa tensión —siempre existió— sino la velocidad con la que la industria reacciona y la facilidad con la que el público exige una pureza retroactiva que ningún autor, vivo o muerto, podría superar si se le aplicara con el mismo rigor a todos por igual.
Porque aquí conviene ser también un poco incómoda con el propio bando: ¿cuántos de los clásicos que seguimos leyendo sin pestañear sobrevivirían al escrutinio moral que aplicamos hoy a un contemporáneo? Dostoievski era antisemita. Larra despreciaba a las mujeres con una violencia que hoy nos parecería intolerable en cualquier tertulia. Y sin embargo seguimos estudiándolos, citándolos, poniéndoles nombre a calles y colegios. La diferencia no está siempre en la gravedad de la falta, sino en si el autor sigue vivo para beneficiarse económicamente de nuestro perdón o de nuestra indignación, y eso debería, como mínimo, hacernos sospechar de la pureza de nuestros propios criterios.
Todos los casos que he señalado nos llevan a una misma pregunta: ¿quién decide qué puede leerse? La censura de Estado siempre ha argumentado que protege; la reescritura editorial siempre argumenta que actualiza; el boicot industrial siempre argumenta que responsabiliza. Puede que las tres cosas sean siete a la vez, y que ninguna sea excusa suficiente para que un tercero decida por el lector lo que el lector es capaz de procesar por sí mismo.
Un libro censurado suele revelar más sobre quien lo censura que sobre el libro en sí. Da igual si la censura llega en forma de veto escolar, de lector de sensibilidad o de comunicado de prensa corporativo redactado a toda prisa para salvar una imagen de marca. La literatura, cuando de verdad importa, siempre ha sido el lugar donde algo incomoda a alguien. El día que dejemos de tolerar esa incomodidad —venga de donde venga, la exija quien la exija— habremos ganado la batalla de la pureza y perdido, sin darnos mucha cuenta, la literatura misma.
La pregunta de fondo, la que de verdad me quita el sueño como lectora y como escritora, no es tan nueva como parece. Ya nos la hicimos con Céline, con Ezra Pound, con Heidegger. ¿Puede El viaje al fin de la noche seguir siendo una de las cumbres de la prosa del siglo XX aunque su autor firmara panfletos antisemitas? ¿Podemos leer Los cantos de Pound sin que la sombra de su fascismo se proyecte sobre cada verso? La respuesta que la tradición literaria ha ido dando, con incomodidad pero con cierta consistencia, es que sí: se puede, y se debe, sostener la tensión entre admirar la obra y condenar sin matices al hombre. Lo que cambia hoy no es la existencia de esa tensión —siempre existió— sino la velocidad con la que la industria reacciona y la facilidad con la que el público exige una pureza retroactiva que ningún autor, vivo o muerto, podría superar si se le aplicara con el mismo rigor a todos por igual.
Porque aquí conviene ser también un poco incómoda con el propio bando: ¿cuántos de los clásicos que seguimos leyendo sin pestañear sobrevivirían al escrutinio moral que aplicamos hoy a un contemporáneo? Dostoievski era antisemita. Larra despreciaba a las mujeres con una violencia que hoy nos parecería intolerable en cualquier tertulia. Y sin embargo seguimos estudiándolos, citándolos, poniéndoles nombre a calles y colegios. La diferencia no está siempre en la gravedad de la falta, sino en si el autor sigue vivo para beneficiarse económicamente de nuestro perdón o de nuestra indignación, y eso debería, como mínimo, hacernos sospechar de la pureza de nuestros propios criterios.
Todos los casos que he señalado nos llevan a una misma pregunta: ¿quién decide qué puede leerse? La censura de Estado siempre ha argumentado que protege; la reescritura editorial siempre argumenta que actualiza; el boicot industrial siempre argumenta que responsabiliza. Puede que las tres cosas sean siete a la vez, y que ninguna sea excusa suficiente para que un tercero decida por el lector lo que el lector es capaz de procesar por sí mismo.
Un libro censurado suele revelar más sobre quien lo censura que sobre el libro en sí. Da igual si la censura llega en forma de veto escolar, de lector de sensibilidad o de comunicado de prensa corporativo redactado a toda prisa para salvar una imagen de marca. La literatura, cuando de verdad importa, siempre ha sido el lugar donde algo incomoda a alguien. El día que dejemos de tolerar esa incomodidad —venga de donde venga, la exija quien la exija— habremos ganado la batalla de la pureza y perdido, sin darnos mucha cuenta, la literatura misma.
Escrito por Ainhoa Escarti.
