Hay un dato en la historia que es interesante, porque en la antigüedad se fomentaba la imitación literaria de las grandes obras, y esto se consideraba un arte si se emulaba bien. De hecho, se consideraba que La Eneida de Virgilio (70 a. C. y el 19 a. C.) era una síntesis entre la Odisea y la Ilíada de Homero y aquí no pasaba nada, señores. Es más, en las Geórgicas, Virgilio se sirvió de los poemas de Hesíodo y la normalidad seguía su curso.
Después vino el poeta romano Marco Valerio Marcial, que en el siglo I d. C. acusó a un tal Fidentino de recitar en público sus poemas cortos, haciéndolos pasar como suyos. Vamos, que Fidentino le hizo un plagium a Marco Valerio. ¡Un despropósito en toda regla! ¿Y qué hizo Marcial? Dedicarle unas bellas estrofas a Fidentino:
"El libro que lees en público, Fidentino, es mío; pero cuando lo lees mal, empieza a ser tuyo". "Corre el rumor, Fidentino, de que recitas en público mis versos, como si fueras tú su autor. Si quieres que pasen por míos, te los mando gratis. Si quieres que los tengan por tuyos, cómpralos, para que dejen de pertenecerme".
No obstante, el hito más destacable en todo este asunto del plagio fue la creación de la imprenta de Gutenberg, en el siglo XV (sí, hemos dado un salto considerable), ya que las obras que se imprimían con los tipos móviles tenían un control de los poderes públicos y pasaron a tener licencias, autorizaciones que las otorgaba el rey. Esto aparecía en la portada de los libros hasta el siglo XVIII, como se puede ver en este enlace. En el siglo XVI, por lo tanto, en la portada del libro también se imprimía el nombre del autor, el librero-editor con otras señas de autenticidad. Así que ya era más complicado el plagio.
En 1627, Felipe IV dictó unas disposiciones para que los autores literarios pudieran tener ganancias. Dichas ganancias salían de una parte proporcional con los impresores. Estos podían volver a imprimir las obras, y así compartir los beneficios.
Hasta 1762, con Carlos III, no hubo un control de las copias, aunque el primer sistema legal de propiedad intelectual apareció en Inglaterra en 1710, con el título tan corto como atrayente de Ley para el fomento del aprendizaje, dejando el control de las copias de libros impresos en los autores o en los compradores de dichas copias durante los tiempos anteriormente mencionados.
Otro momento cumbre es el año 1788. En el Diccionario castellano de Esteban de Terreros y Pando ya aparece la acepción de plagio relacionada a la literatura: hurto en materia de literatura. Y la Real Academia Española introdujo la definición en su diccionario en 1803, concretamente en la cuarta edición.
En 1813, se reconoce que siendo los escritos una propiedad de su autor, este sólo o quien tuviese su permiso, podrá imprimirlos durante la vida de aquel cuantas veces le conviniere y no otro, ni aún con pretexto de notas o adiciones, en el decreto del 10 de junio. Vamos, que el autor era el único que podía ordenar imprimir más ejemplares de su libro.
En 1822, el Código Penal comenzó a sancionar el plagio literario con la siguiente definición: defraudación de la propiedad literaria o industrial. Dicha definición será la misma en años posteriores.
En 1847 se aprueba la Ley por la que se declara el derecho de propiedad de los autores y de los traductores de obras literarias y establece las reglas oportunas para su protección. Esta ley especificaba conceptos clave como: autor titular del derecho, protección de los derechos, obras literarias y traducciones.
¡El 4 de diciembre de 1861 aparece la primera sentencia por plagio! La palabra viene recogida en una sentencia del Tribunal Supremo. En este momento, se asentó la protección de la propiedad intelectual en España, y el concepto de plagio cambió de forma significativa. Aunque el plagio se definía como 'hurto en materia de literatura', se consolidaron poco a poco los derechos de autor.
En 1879, aparecen leyes interesantes. Una de ellas contempla inscribir la obra para proteger los derechos de autor. Esto ya no se hacía en la Biblioteca Nacional ni en el Ministerio de Instrucción Pública, sino en el Registro General de la Propiedad Intelectual. Su creación marca un hito.
En 1886, gracias Víctor Hugo, se firma el Convenio de Berna. Con él se pretendía proteger las obras literarias y artísticas. Además, se hacía mención a los derechos morales y patrimoniales del autor, quien podría reivindicar la paternidad de la obra.
Unos años después, en 1893, en Ginebra se creó el Buró Internacional Unido. Fue el antecedente de la actual Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, creada en 1967 con el Convenio de Estocolmo.
La Ley de Propiedad Intelectual vigente de 1996 dispone que la propiedad intelectual de una obra literaria, artística o científica corresponde al autor por el solo hecho de su creación. La podéis leer en el siguiente enlace del BOE.
En la actualidad, se han dado pasos significativos a este respecto, como la Declaración Mundial sobre la Propiedad Intelectual, de 26 de junio del 2000, o la Directiva 2004/48 de 29 de abril, del Parlamento Europeo y del Consejo de la Unión Europea, relativa a los Derechos de la Propiedad Intelectual. Además, siempre hay lugares donde se puede registrar tu obra literaria, como el Registro Territorial de la Propiedad Intelectual, en la calle Ramírez de Prado, número 3, Madrid (hace poco cambió su sede), CEDRO o Safe Creative. Es verdad que quien quiera plagiar lo va a hacer igualmente, pero al menos si la registras te quita más de un dolor de cabeza si luego alguien quiere apropiarse de tu obra.
CASOS CONOCIDOS DE PLAGIO
Este artículo no estaría completo si no diese algunos ejemplos claros de plagio que han ocurrido a lo largo del siglo XX y del XXI.
Dos de los tres autores de El enigma sagrado, Michael Baigent y Richard Leigh, denunciaron plagio cuando vieron en El código Da Vinci las principales ideas que ellos exponían en su novela. No obstante, el tribunal británico desestimó la demanda: no hubo plagio.
La escritora estadounidense Nancy Stouffer autopublicó en los años 80 esta novela, con una trama inconsistente y personajes sacados de una chistera de mago, pero no fue hasta el 2001 cuando se hizo famosa, exactamemte cuando acusó a Rowling de plagio por haberle robado su idea y copiado ciertos nombres de su historia. ¿Que cómo terminó el caso? Pues muy mal para Stouffer, que había modificado algunas partes del libro y agregado la palabra muggles solo al título. No obstante, la editorial Thurman vio tirón en este caso y reeditó el libro, pero fue un fracaso en toda regla, ya que la editorial quebró. Pero ahí no quedó la cosa, porque Stouffer seguía obcecada en que Rowling le había plagiado su historia. Se abrió una página web y le pidió a sus lectores que les mandasen más pruebas para seguir denunciando. Pero ocurrió el efecto contrario, ya que hordas de fans a favor de Rowling la escribieron, y no con buenas intenciones.
Os cuento la historia porque tiene miga. En 1993, el Premio Planeta lo ganó Mario Vargas Llosa, y como Planeta necesitaba otro gran éxito en 1994, le propusieron a Vargas Llosa que se presentase (a ver si ganaba, guiño, guiño). Este declinó la oferta porque no tenía ninguna novela escrita. Pero el escritor se vio presionado por Lara, su editor, su agente literaria, Carmen Balcells y su esposa Marina Castaño, y por los 50 000 millones de premio, claro. Planeta le adelantó una gran suma al inicio y él se puso a escribir. De hecho, hay alusiones a esta presión en esa novela, La cruz de San Esteban, que resultó ganadora (¡menuda sorpresa!), además del cabreo que demostró de manera velada en algunas de sus declaraciones. Como el hombre seguía sin estar muy motivado, le propusieron una novela del concurso Planeta que ya había sido rechazada ese mismo año: Carmen, Carmiña, Carmela, de Carmen Formoso. Solo tendría que cambiar partes de la estructura, alguna coma aquí, otra allá, ¡y asunto arreglado! Pero no coló, ya que La cruz de San Esteban está llena de inconsistencias o cambios de narrador. ¡Imaginaos la cara de Carmen Formoso cuando leyó esa novela! Claro está que demandaron a Cela y Planeta en 1999. El litigio duró tanto tiempo, que Cela falleció y se desestimó la demanda. Formoso decidió publicar su novela en el año 2000 sin ningún apoyo de Planeta, por si algún lector descubre el pastel. Bella historia y gran ejemplo de transparencia.
En este caso, el mexicano Víctor Celorio acusó a Carlos Fuentes por haber plagiado su novela El unicornio azul (1985). Celorio presentó la demanda ante la Sociedad de Derechos de Autor contra la editorial Alfaguara y contra el autor, ya que Fuentes cogió 110 citas textuales de El unicornio azul. Además, hay otras coincidencias como textos, frases y renglones que Fuentes empleó en Diana o la cazadora solitaria (1994). Celorio pidió que Diana o la cazadora solitaria fuese retirada de todos los mercados de los países donde se distribuía, y el embargo económico de los beneficios conseguidos por la venta de la obra.
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¿Por qué conformarse solo con plagiar un libro si se puede hacer con tres libros? Y así fue, señores. Planeta publicó la novela de Quintana en el año 2000, y Sabor a hiel resultó un conglomerado de párrafos y páginas enteras copiadas de tres libros: Mujeres de ojos grandes, de Ángeles Mastretta; El pájaro canta hasta morir, de Colleen MacCullough y Álbum de familia, de Danielle Steele. Pero aquí cada dato era más sorprende que el anterior, y al final se descubrió que su libro lo había escrito David Rojo, fundador de Periodista Digital y excuñado de Ana Rosa. La presentadora vendió cerca de 100 000 ejemplares, ya se había hecho famosa, pero esto no quitó para que les mandase una carta a los medios de comunicación pidiendo perdón a los lectores. Desde entonces, la figura del escritor negro o fantasma se hizo más visible en nuestro país. Como dato curioso, en las páginas de agradecimiento de libro se dirige a David Rojo de esta manera: Gracias por las incontables horas que hemos trabajado en esta novela, por su meticulosa investigación y por todas las locuras que hemos quitado a la versión final del libro. ¡Juas!
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Para los ojos de sus lectores, Jorge Bucay plagió, pero para él mismo no. Solo le faltó poner comillas y la fuente a 60 páginas de las 270 que él escribió. Pidió disculpas a Cavallé por su error involuntario y a otra cosa, pero la editorial RBA ya no volvió a editar el libro de Bucay y, como es lógico, su reputación como escritor quedó un tanto dañada.
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El caso de Lucía Etxeberría también es de traca. En 2005 la editorial Booket publicó Ya no sufro por amor y contenía párrafos del artículo Dependencia emocional y violencia doméstica, del psicólogo Jorge Castelló. De hecho, podéis encontrar el artículo en PDF en Google y ver las partes plagiadas en otro color. ¿Qué creéis que alegó Etxeberraría? Pues que sí, que lo había plagiado, pero con una clara justificación, ya que así esperaba que el escándalo ayudase a aumentar las ventas de su novela. En la demanda que la interpusieron en 2006, la obligaron a pagar 3000 euros y enviar un comunicado donde se reconocía que había hecho "apropiación indebida" y "vulneración del derecho del derecho de propiedad intelectual", y apuntó que "no ha existido una intencionalidad maliciosa, siendo evidente que, no siendo psicóloga, debía documentarse en estudios o análisis efectuados por profesionales en la materia, sin que haya pretendido usurpar el trabajo del demandante".
Pero ¿y si os digo que Lucía Etxebarría ya había sido reincidente de plagio? Concretamente, fue en el año 2011 y fue la revista Interviú quien la acusó de plagiar los versos del poeta Antonio Colinas en su libro Estación de infierno. Colinas lo dejó estar, pero Interviú la denunció y la justicia le dio la razón a la revista.
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También ha habido otros casos de plagio de escritores muy conocidos, como de Alfredo Bryce Echenique, que plagió 16 artículos periodísticos y tuvo que pagar 60 000 dólares. El escritor se defendió diciendo que plagiar es una forma de halago a aquello que estás plagiando. ¿No os recuerda esto a Virgilio? También tenemos otros ejemplos, como los de Vázquez Montalbán, quien fue obligado a pagar 3 millones de pesetas en 1990, o Roberto Saviano, quien fue acusado de plagio por el periodista italiano Simone di Meo. El periodista argumentaba que en Gomorra, Saviano había copiado algunos de sus artículos
Y vosotros, ¿conocéis algún caso más de plagio literario?


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